Sol de mediodía en la visual; oro adolescente. Limpia y lacrimosa.
Nariz infinita de mar y bota. Azahar, cítrico amargo y puerto. Hay que salpicarla para que recite; encurtidos, pan de aceite y pizarras. Algo de romero, también, y lo que sigue.
Boca arrolladora, de mucho cuerpo, amplia, casi oleosa. Acidez justa que soporta bien los quince. Sensación salina, pero amarga. Juega incluso con algo de tanino que tienta maridaje universal.
Complejísima y muy golosa retronasal; salen mantequilla y cenizas, sin olvidarse de la marea baja que la parió. Redondea fruta blanca madura (pera), nuez moscada y, de nuevo, cítrico.
Esta Manzanilla es clásica dos veces; un viaje a la bota, pero a la de un siglo atrás. Se rescribe ella sola el libro de la biológica que jamás debió perderse. ¿Top 1 de las Manzanillas de tiza vieja? Casi seguro. Si no, ¿cuál?
Antaño, todas y todas las bodegas de Sanlúcar estaban en el casco histórico; Bajo y Alto, inmiscuidas en el meollo del callejero. Hoy, van poco a poco dejando estos cascos viejos y unas cuantas son ya grandes centros de logística en las afueras. No es poco meritorio, porque para mudar las miles de botas sin malograrlas se requiere de mimo desmedido y paciencia casi infinita.
Pero en estas enmiendas siempre se pierde algo de esencia y es sabido que la esencia, en esto de la biológica, no es un duende metafórico, sino levaduras de carne y hueso explicadas solo por paredes negras en rincones de ventura indescifrada. Lo peor de estas mudanzas, entonces, es que siempre se pierde algo dejando esos bujíos y nunca se sabe siquiera el qué.
Mientras el grueso del sector rema, maestros como Don Gerónimo contrarreman. Él ha recuperado de su genealogía (no poco ilustre) un par de soleras y las ha devuelto a Fariña con Siete Revueltas; corazón de Barrio Bajo. Un casco recóndito de 1855 que después fue de todo menos bodega y ha esperado hasta 2023 para volver a guardar bota sobre ostión.
Podría dedicarse un libro completo a relatar por qué este nuevo viejo linaje de Angulo va a ser uno de los muy pocos que salven al vino de Sanlúcar de la Historia, que se aboca a no se sabe dónde. Pisar la bodega es condenarse a piel de gallina el resto del día; la olor es soberbia y el discurso del anfitrión, evangélico para el que aspire a la verdad de la Manzanilla. Son obsesos de la tradición y eso, hay quienes entendemos que es lo único que se puede ser para entender estos vinos. Anti vinos de pasto, anti finas… No «anti», porque no está en contra de que otros lo hagan; no es un hater rancio de esos. Solo, tiene claro lo que quiere y no quiere para sí.
Ya solo la propia etiqueta de Minuto (era un torero, por cierto) es la original de finales del XIX; el proyecto entero es un viaje en rama a los anales del Jerez. Casi un ejercicio de arqueología enológica. «(…) cuando se toman una copa (…) fundamentalmente están bebiendo tiempo.» Y amén.
Será decir mucho o se quedará corto decir que Minuto es, hoy por hoy, la madre del cordero de las manzanilla. No habrá ninguna del panorama que la supere en oler a ese rabioso velo en bota. Es una interpretación solemne de la esencia más invisible e inevitable de Sanlúcar de Barrameda.
Estaremos muy atentísimos a este proyecto. Además de esta Manzanilla litúrgica de 6 años, su Corsario se acerque, quizá, a la antonomasia del Oloroso sanluqueño. Otro par de marcas tienen planeadas y mejor recibirlas sentados porque no parece que vayan a perder la línea.