Rojo cereza cristalino pero muy oscuro, casi pasión.
Nariz de oro, fresca pero muy compleja. A la picota madura y esa mermelada de mora se le unen resinas y mentolados finos. Expresa con algo de aire regaliz de ambos colores y sutilezas de caramelo.
En boca es colosal, como disfrutar de un tinto y un blanco al tiempo, con ambas virtudes, sin ningún defecto. Alcohol que calienta, acidez que refresca y tanino leve que desengrasa. Infinitas posibilidades en mesa.
Le viene bien calentar en retronasal. Se disfruta frío pero se expresa a temperatura casi de tinto. Vuelve sobre la fruta roja madura y ahonda en lilas, con madera siempre de fondo, en un manojo discreto de inciensos.
Decir que sea el mejor vino de la bodega, con todo lo que hace Abadía, sería atrevido, pero queda planteado. Es un reinvento impecable y un regalo para cualquier paladar, hasta para el ateo. Una señora alhaja que llegará lejos.
Nuestra obsesión por el clarete empezó aquí. Winemaker’s collection es la gama oficiosa de Abadía que solo se puede conseguir desde bodega; no se distribuye, so litigio. Son un manojo de entre 10 y 15 etiquetas que varían cada año según el viento de D. Ángel Anocíbar, el enólogo navarro que ha llevado a Abadía Retuerta a la derecha del Padre.
Son algo así como sus fantasías sexuales; amén de los vinos titulares, siempre anda el hombre biengastando el presupuesto de Novartis y tiene plantado el mundo entero, prácticamente, en 200 hectáreas. En los viñedos retuertos hay Touriga Nacional, Malbec, Pinot Noir, Nebbiolo, Sangiovese, Godello, Graciano… Ángel siempre vinifica y, ya de un tiempo a esta parte, veía que algunas cosas le salían bien. No tan bien como para competirle el protagonismo a sus estudiadísimos Pagos, pero no tan mal como para condenar al mundo a perdérselo.
Esa es la versión, más o menos. La Winemaker’s collection tiene, entonces, entre otros tantos, un rosado y un clarete. Del rosado no hay mucho que mentar salvo que quizá sea el atraco más descarado de la bodega cobrándolo a 25 euros nada menos. Este clarete, sin embargo, a sus 30, vale cada céntimo. Pequeña producción; numeradísima, como toda la gama. Cuatro barricas, literalmente.
El 21 ha perdido descaro; el 19 llevaba puestos casi 16º. Lo han bajado a 15º y lo han dejado en 12 meses de barrica gala. Salvo que se sea un loco del clarete, como el que escribe, lo cierto es que se agradece la rebaja de carácter; lo hace más universal, aunque renuncie a un algo de alma.
No responde a la definición rigurosa del clarete porque no mezcla uvas; es 100% Tempranillo de una parcela particular. Sin embargo, sí responde al concepto. Más que responder, ES el concepto de clarete. Su querencia navarra, quizá, o su influencia bordelesa que atesora el «clairet» hicieron a Ángel ser de los primeros en estudiar el antiguo clarete ribereño y reinterpretarlo en alta enología. Probablemente se parecerá en algo bastante al vino que los monjes hacían allá por el XII. Varias bodegas son las que le han seguido la pista a esta pieza tan escondida, casi de culto.
Se recomienda conservar alguna botella para estudiarle la guarda; en nuestro cofre tenemos botellas programadas para abrirse de aquí a 3, 5, 7 y 10 años. Informaremos.