Harenna Tinaja

Pajizo con tientos de verde y oro.
En nariz, todo el carisma de Verdejo; notas propias de manzana verde, sotobosques y sutileza tropical sobre fondo cítrico. Cuando se le deja respirar, de verdad que huele a la foto; barro, arena mojada, sal y polvo. Mezcla de terruño y cerámica, será. Inconfundible registro.
Boca de buena labia; casi grasa, de acidez muy fresca, amargor canónico y un tacto salino que todo lo aligera.
Retronasal franca que devuelve matices de variedad en almendra amarga y (re)acusa el mineral.

Como si la Verdejo hubiera ido a ponerse guapa y a cortarse el pelo; sigue siendo, pero se ha hecho algo. Y qué bien le queda. Aguantará su par de añitos más.


Hablamos de Bodegas y Viñedos Garciarévalo. Así se llama porque un socio es García y el otro, Arévalo. Hasta ahí, todo bien. Casi centena de hectáreas propias y tres cuartos de millón de botellas. Afincada en Matapozuelos, un tanto aparte del cogollo Rueda-Serrada-La Seca. Pinar por todas partes; buena cosa.

Tresolmos es su etiqueta para los verdejos de libro, que son muy de libro. Pero Harenna no. Harenna es otra cosa. Son grandes vinos de Rueda, según rezan sus tirillas del Consejo; viñedos de más de 30 años y rendimientos limitados por imperativo. Algunos, vaso viejo sobre playa. De momento, son tres referencias; versión barrica (fondo negro), versión tinaja (fondo tierra) y el puro, purísimo (fondo blanco). No en vano, invocan el característico suelo matapozuelense, diferente al cascajo calero por todos lados visto; la arena le da a la uva otro carácter.

Pocas veces merece tanto la pena parafrasear. Lo que sigue ahora entre comillas es la leyenda de la contraetiqueta: «Hecho. Ya le llevábamos dedicando horas de sueño y ensueño a este vino y, aquí y ahora, está hecho. Estaba ya hecho desde hace tiempo, años, en la mente, y ya las manos le iban dando forma. Moldeando, poco a poco, las vides que forman parte de Harenna. Recordando siempre el buscar nuevas formas de crear vinos llenos de espíritu renovador que alimenten las fuerzas y ganas de darle al paladar nuevas oportunidades. Y nace ya, y es. Tierras llenas de vino doradas por el paso del tiempo y convertidas ya en (H)aren(n)a.» Firmado, Antonio Arévalo.

El fermentado en tinaja es el primero que nos llegó a las manos y, por eso solamente, es el que está; un guiño al destino. Contamos por ahí que fue un soplo de aire fresco en plena crisis existencial con el Verdejo; los últimos 15 parecían, todos, el mismo. Llegó este Harenna y nos devolvió la sed. Era Verdejo, pero casi no; un medio muy medido entre la variedad respetada y dada una vuelta. Mineral, pero lo justo, complejo sin perder el verde… necesario y suficiente para prendarse de él.

Podríamos ponernos más románticos; es un guiño, en ese barro, a los que somos de meseta; es, casi casi, lluvia de verano sobre el camino de tierra que va de pueblo a pueblo. Tiene mucho, mucho de su patria.

Enológicamente lo firma Reyes, que concibió todo esto para salirse de todo eso de lo que siempre hablamos al hablar de Rueda. Toda una cátedra de cómo reinterpretar bonito algo que ya está inventado.

Declaramos la gama Harenna, representada por su este fermentado en tinaja, una alhaja conjunta buena, bonita y barata (todavía) sobre los colores del Verdejo.

Harenna Tinaja

Garciarévalo

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