Bisutería cetrina de factura intacta; limpio, brillante y llorón.
Nariz fina pero muy expresiva. Reineta, pera, melón maduro, plátano, mandarina y madera adivinada en vainilla, miel de romero y fruto seco mínimo.
Boca a la altura. Todo ordenado y en su justa medida. Cuerpo medio, nada acuoso, alcohol integradísimo y el puntito amargo de Verdejo que le da las tres dimensiones.
Retronasal aún más expresiva; sinfín de notas que redundan en la nariz. Sale algo de champán y se rebela algún tropical de piña y melocotón, nada maduros.
No es lo que da, sino cómo lo da; la Sauvignon es Sauvignon, pero así acompañada, exhibe estilo de gran blanco de guarda que ha sabido no perder la chispa. Alta enología que justifica uno de los blancos más buscados del país.
Tiene este vino más historia que solo el nombre. No habléis de ello delante de él, pero fue un accidente. La parcela de la que sale se llamaba, antes, La Raya porque lindaba, justo, con la DO Ribera del Duero. Se mandó plantar Merlot allá por los 2000 y ahí, en teoría, se plantó Merlot. Pasaron los años propios, fueron a vendimiar y resulta que muchas plantas no habían enverado tintas; daban uva blanca. Vaya hombre, qué raro.
Resultó que el viverista se había colado con los injertos; junto a la Merlot, suministró un par de cajas llenas de Sauvignon Blanc. Pasa en las mejores familias. Una mala tarde la tiene cualquiera. El caso es que Ángel, el enólogo eterno de Abadía, aplicó la ley del no cunda el pánico y decidió vinificar la Sauvignon, no fuese a ser que. Tanto fue que tanto le gustó el vino que salió, que ordenó arrancar la Merlot original y declarar a La Raya como pago de blanca. Ganó el accidente.
Pasaría casi una década hasta la primera añada comercializada de este vino, que coincidió con la inauguración del hotel Ledomaine en 2011, de ahí el nombre. La parcela dejó de ser La Raya y pasó también a homónima del vino y la casa.
Tenía que ser un blanco a la altura de Abadía Retuerta; nada de un blanquito de fresqueo. Eso es de pobres. A media fermentación, meten a esa madura Sauvignon en roble francés casi sin tostar, para respetar muy mucho el perfil varietal. Cuando termina, la dejan de 6 a 9 meses más con sus lías, sin sacarla de duela y mareándola periódicamente con battonage para que coja cuerpo y guarda. Reposa su poquito en botella para que no salga rabiando.
Acompaña un 15% de Verdejo que convierte al vino en un Lord inglés; le da acidez, amargor y esas notas serísimas de almendra y anises que se percatan.
Resumimos, entonces, el vino en cuatro tiempos; tropical de Sauvignon, vainilla de barrica, espumoso de lías y verde de Verdejo. Casi casi en ese orden. El resultado es un equilibrio complejísimo entre fresco y denso; orfebrería de precisión solo al alcance de los repelentes de Abadía (no se ofendan, que es todo envidia).
Nos paramos en el subtítulo «blanco de guarda». A 2024, la añada probablemente más soberbia para beber sea la 2016, conque esas tenemos. A fecha de escribir, de hecho, ya está disponible la 22 y no le quedará mucho a la 23 para ver la luz, pero venimos con la 21, de la que queda todavía alguna botella por las vinotecas y que agradece inmensamente tener tres añitos ya de siesta. Los blancos de guarda no se oxidan con el tiempo; se amontillan. Es otro concepto. Pierden acidez pero ganan duende, sobre todo en nariz.
El precio es un saqueo, eso sí. Precio bodega 44€ y, con suerte, algo menos en la calle. Tampoco mucho menos. El asunto es que anda siempre sin existencias. Cosas de Abadía. Nosotros te recomendamos probarlo, al menos, una vez en la vida. Si puedes hacerte con más de una botella o conseguir una vertical, bendito seas. Lo bueno es que en bodega guardan de todo; puedes conseguir desde la primera añada.
Podrás abrirlo con prácticamente cualquier cosa porque es un 4×4 de maridar; tiene acidez para todo el abanico de blancos y potencia para casi todo el abanico de tintos; de ensalada a entrecot, y hasta queso. Disfrútalo con salud y dinero. Amor todavía no piden. Fuera bromas, será quizá, objetivamente, uno de los mejores blancos y más prestigiosos que se hacen en España.