Picota denso hacia rubí con algún granate si se exagera con luz cálida. Capa ribereña y lágrima tinta.
Nariz cuasi perfecta de vino caro. Fruta negra intensa, balsámicos (pinar, romero), clavo profundo (no descarado), regaliz de palo y chocolate; el baile del frío y el caliente.
Opulento en boca, potente de cuerpo. Tanino vivo pero envolvente. Acidez medida.
Retronasal acorde; todo lo de la nariz, pero más. Generosa. Sobreviven moras y violetas pero explota el balsámico por mentolados y un láctico lento de mantequilla que, en realidad, estuvo ahí desde el principio.
Mucho discurso hay aquí, y más cada año. O la 20 es espléndida o han dado con la tecla, o algo de ambos. Es más fresco que un Reserva. Menos clásico, más especial. Igual de serio. Alhaja por derecho.
Para quien ande distraído, Cepa 21 es el proyecto personal del hermano mediático de los Moro, José. Pensó que no le gustaba la deriva de los Emilio y decidió embarcarse por cuenta propia. Eso se escucha, al menos, por las barras de Valladolid.
No se ha ido muy lejos. O sí. Según. Distancia física, 17 kilómetros. Distancia enológica, algunas millas más. No es perjuicio de los otros Moro; obrar con tres millones de litros (declarados, ya serán más) es otra historia, otro camino, ni mejor ni peor. Pero es otro. Hace tiempo que Malleolus perdió su esencia y eso, también se habla en las barras pucelanas. La bodega conserva el carisma histórico de un nombre incontestable y un trabajo digno con buenos recursos, pero José Moro fue con Cepa 21, precisamente, a hilar más fino.
Tampoco es que sean minúsculos los de Cepa; rondan ya las 800 000 botellas, que no es cosa de poco. El asunto es juzgar los vinos. Si juzgásemos Cepa por Hito, sacaríamos apenas nada en claro. Si subimos al homónimo, entramos ya en primera división y si tocamos techo con Horcajo, sobrevaloramos quizá un poco. La tecla la han dado con Malabrigo, el segundo por precio.
Es el Ribera perfecto y no pasa nada por decirlo. Es una lectura milimétrica entre ser de libro y perder el marcapáginas. Se busca a sí mismo una vuelta; le gana la fruta el pulso a la madera por muy poquito y eso, en el Ribera clásico, no suele ser; o van muy empatadas o gana el tablón. Malabrigo no; él se toma el Duero por su cuenta. Delata una uva poderosa y una duela bien domada. Podrían ser más párrafos relatándole las virtudes, pero hasta aquí el concepto ya se entiende. Es un tinto soberano y un Ribera formal, pero reflexivo. Una delicia más de esa horquilla mágica 30-40 que custodia, para muchos, la mejor RCP del país.
Recomendamos, siempre, eso sí, una botella para beber, otra para guardar 4, 5, 6 años, y otra para emergencias.