Se acabó pedir un Ribera y no tener ni papa. En cinco minutos, vamos a ubicar la denominación de origen histórica, geográfica, burocrática y sensorialmente. Pinceladas semisueltas para contexto y unos cuantos (muchos) tips para saber discutir sobre Riberas con fundamento y buen criterio.
La Ribera histórica
La Ribera del Duero nace, como denominación de origen, en 1982. Ayer, como quien dice, a pesar de que ya los vacceos romanizados hacían vino en esta tierra. La tradición ha sido siempre acérrima y, sin embargo, hubo que esperar a 1975 para que un par de inquietos empezasen a mover hilos. Desde San Esteban de Gormaz (Soria), fueron preguntando a cada pueblo orillado al Duero si quería inscribirse, previo pago, en los dominios de aquel nuevo proyecto llamado a competir con Rioja, que llevaba reconocida desde el 25.
Recorrieron la ribera física del río y en Sardón (Valladolid) les dieron el alto. La denominación quedó, entonces, con más de 100 kilómetros de largo y apenas 35 de ancho, acotando fielmente el microclima tan propicio para los viñedos.
Empezaron siendo unas muy pocas bodegas; apenas una decena consideradas impulsoras. Torremilanos, Tinto Pesquera, Pérez Pascuas, Vega… y mención especial a Protos, que cedió su marca registrada «Ribera del Duero» para uso del Consejo Regulador; más majetes que la leche. Hoy, contamos unas 340 bodegas inscritas, aunque cada año van y vienen un puñado.
La Ribera geográfica
Entonces, la Ribera del Duero nace en Soria, duerme en Burgos y muere en Valladolid; son, de hecho, tres mini Riberas con bastantes diferencias de concepto, si quiere uno entender; casi casi como Rioja Alta, Baja y Alavesa.
Las diferencias vienen dadas por el clima; el frío soriano es otro que el de Valladolid y los suelos, claramente, también varían con el curso del río y la orografía. También es cosa de dineros; Valladolid se llevó la Milla de Oro y las bodegas con más recursos van a tender a verse por Peñafiel y contornos.
El viñedo, sin embargo, es casi burgalés; algo más del 70% de las hectáreas (unas 26 000 totales) de la denominación pertenecen a la provincia de Burgos. Las bodegas caras son pucelanas pero los kilos más cotizados de uva maduran en un triángulo mágico Roa-Aranda-Gumiel que da una Tempranillo de ensueño.
La Ribera burócrata
La Ribera del Duero es tinta, pero el Consejo Regulador, por cierto, afincado en Roa, admite ya rosados y blancos. Tempranillo (también Tinto Fino o Tinta del País) será casi el 90% del viñedo ribereño; lógico teniendo en cuenta que el 75% mínimo del contenido de una botella debe ser Tempranillo, por imperativo del pliego de condiciones. Más abajo te contamos qué implica esta norma tan controvertida.
Un vino tinto de la Ribera puede llevar la tirilla de garantía de Cosecha, Crianza, Reserva y Gran reserva. Un Crianza debe haber pasado 24 meses en la bodega de los cuales, al menos 12 en barrica. Un Reserva, lo propio con 36 meses y el mismo mínimo de barrica; ojo, quiere decir que Crianza y Reserva pueden tener el mismo tiempo en madera y distinguirse solo por el tiempo de botella, que será mayor en el segundo. Gran Reserva, por último, ya juega con 60 y 24.
Ten en cuenta que, ahora ya, existen blancos y claretes Crianzas y Reservas, y que en la Ribera nació, de la mano de Pradorey, un modelo de vino que se ha extendido como la pólvora y es el famoso «roble». Si bien no tiene tirilla propia (tiene que llamarse Cosecha), es un concepto entre joven y crianza; un vino con unos pocos meses de barrica, que ya no es joven, pero no abusa de madera; un término medio muy aplaudido por el copeo y la relación calidad-precio que suele ofrecer la botella.
La Ribera verdadera
Vamos, por fin, a lo que nos interesa porque somos un rincón de cata, no una enciclopedia y hemos dicho que apuntes rápidos.
El punto de partida de ese 75% obligatorio de Tempranillo es que restringe la variabilidad de vinos que nos podemos encontrar. Eso le da a Ribera la misma ventaja que desventaja; es muy difícil encontrar un Ribera malo. Casi tanto como encontrar uno diferente.
Aun así, hay matices. Recuerda que lo sensorial es siempre subjetivo y siempre una estadística. Amén de las diferencias claras entre los Riberas jóvenes, los robles, los crianzas y los mayores, nosotros interpretamos tres tipos de Riberas; clásicos, puros y finos. Cada uno de estos grupos coincide (estadísticamente) con la Ribera vallisoletana, burgalesa y soriana, respectivamente.
Valladolid es, dicho mal y pronto, dinero y espaldera nueva. Ello da una Tempranillo pelín más ligera con pelín más de barrica; son los Riberas del lechazo. Los más resultones al paladar, para ser justos; sabrosos, tánicos, golosos. Muy elegantes. Burgos es, resumido también de aquella manera, pueblo y solera. La Tempranillo es más profunda y eso deja menos margen a la madera para decir lo suyo. Son Riberas de más color, más fruta y más guarda, en general. Ribera, quizá, más auténtica, más tradicional; las bodegas suelen ser más pequeñas. Suelen. Por último, Soria es, dicho bien, Soria y punto. Cuenta solo con 14 bodegas y es la Tempranillo más extrema; pasa más frío y el suelo, también es otra cosa. Da un Ribera diferente, más fino y con más guarda si cabe, por acidez. Más mineral, más complejo. Más visceral. Más solemne. Se nota de cuál somos, ¿no?
Son pistas, nada más. Adéntrate en el Ribera y saca tus propias conclusiones. No digas que no a nada.