Gualdo semiintenso de lágrima ligera.
Se le pone seria la nariz cuando respira. Biológica densa, mantequilla soberbísima y miel de romero; resinas y un rico manojo de infusiones (hierbaluisa, camomila, hierbabuena).
Mantecosa en boca; envolvente, de muy bella factura. Sigue seca pero le da un par de vueltas al estilo de pasada.
Retronasal que susurra carisma de Barrio Bajo, sin abusarlo. Salinos, encurtidos y aquella manteca casi rancia.
Manzanilla señorísima. Perfil gustoso, para gustar casi a los que no gustan. Despunta elegantemente en el mercado, por distribución, etiqueta, precio y otro par de tinos que le hacen imprescindible.
Bodegas Alonso heredó las ruinas de Pedro Romero. Hoy, están sirviéndose de menos de la mitad de la arquitectura de que disponen porque son de piano; pequeñas producciones tirando a selectas. En Sanlúcar, es de las recónditas, aunque tienen una distribución fuerte, por lo menos, de ésta su Manzanilla de referencia.
Que la solera tenga solera, en este caso es un redundar consentido y con sentido; el linaje de las botas y lo que llevan dentro es importante. El de Alonso es buen caso así que el punto de partida es bueno. El resto ya es, más, interpretación de lo que quieran proyectar al mercado. En este caso, cuentan haber buscado una Manzanilla pasada, de entre 8 y 10 años de biológica media y un casi en rama.
Velo flor no es apta para todos los públicos, pero a la vez sí. No es la Manzanilla sequísima y ligerísima; no es mar abierto. Pero tampoco es una pasada al uso. No ocupa un nicho concreto, puede enamorar a fieles y a infieles; descubrir, quizá, al que renegaba de estos vinos, una luz al final del túnel y redescubrir una interpretación inédita al que ya gustaba. También puede dejar flojos a ambos.
En cualquier caso, es una propuesta de mayúsculas que merece toda nuestra inquietud. Es Manzanilla; transporta a donde debe. Huele a Sanlúcar. La apuesta es elegante.